El viaje de ida y toma de contacto.- Viajar es un placer por muy temprano que te levantes. A las 7,20 h. Marián y yo cogíamos el AVE que nos llevase a Madrid, luego un tren de Cercanías directo a la T4 de Barajas, desde donde poco después del medio día despegamos con rumbo a París. A las cuatro y algo de la tarde nos encontrábamos por fin en nuestra habitación del hotel y un rato después salíamos a dar nuestra primer paseo por la ciudad. Entre el cansancio y el desconcierto que te produce verte de buenas a primeras en una ciudad extranjera, de grandes dimensiones y que no conoces de nada, esa tarde nos conformamos con poco: subir a la Torre Montparnasse, que no nos pillaba muy lejos del hotel, para obtener una buena panorámica de París y luego dirigirnos a la zona de la Torre Eiffel, para contemplar el monumento más famoso de París -al que subiríamos al día siguiente- pasear por allí y ver dónde cenar.
El Metro de París.- París es un ciudad superpoblada, con un área metropolitana de unos 16 millones de habitantes, me parece recordar, que se mueve mucho... pero mucho, mucho. El Metro, sin lugar a dudas, es el medio de transporte público que mejor servicio presta y que más usan parisinos y foráneos. En París todo ofrece un aspecto decadente, pero todo funciona. A diferencia de España, donde una administración pública puede gastarse una millonada de lo que recaudan de nuestros bolsillos, simplemente para mejorar la imagen que pueda ofrecer una ciudad; o Roma, donde el dinero se los gastan en conservar de manera atractiva los efectos del paso del tiempo, como puede ocurrir con los desconchones de los viejos edificios del Trastevere; en París no se gastan un céntimo en reformas estéticas. El Metro es muy viejo, sus estaciones sólo se han remozado por causa de fuerza mayor; los semáforos de las calles parecen ser que no han sido sustituidos nunca desde que se pusieron por primera vez; y así todo en París con la una única excepción de sus brasseries y bistrós, que dan a las calles (a los bulevares de manera particular) esa estampa particular que todos tenemos en la mente cuando pensamos en París. Sus mesitas redondas y diminutas, muy juntas unas de otras, sus fachadas de madera y toldos rojos hacen de París una ciudad realmente agradable de pasear.
La Torre de Montparnasse.- La construcción de este edificio, inaugurado en 1.973, despertó gran controversia entre los parisinos, pues ciertamente rompe la unidad clásica de las calles y edificios del barrio donde se encuentra. Es el precio por disponer de un lugar privilegiado para obtener una vista única de la ciudad, una panorámica presidida por la Torre Eiffel. Son 210 metros de altura y 59 plantas, de las que 56 se suben en uno de los ascensores más rápidos de Europa.
La Torre Eiffel desde abajo.- Después de visitar la Torre Montparnasse, cogimos nuevamente el metro y nos fuimos a la zona de la Torre Eiffel, esta vez sólo para pasear por sus inmediaciones, para verla de cerca y bajar al Sena a ver pasar los barcos turísticos. Allí cenamos y dimos por finalizada aquella tarde de contacto con la ciudad de luz.